El complejo libro III
El conclave
El complejo no tiene urgencias. Ese es el argumento entero que tiene sobre sí mismo: un sistema que no improvisa, que no corrige a destiempo, que no necesita reunirse porque ya sabe lo que va a hacer. Cada quince años, cinco personas se sientan a confirmar en voz alta lo que la maquinaria hacía sola.
Esta vez han convocado fuera de ciclo.
Lysa Vann lleva demasiado tiempo dentro. Ha aprendido a firmar lo que hay que firmar, a quedarse mientras otros pasan, a sostener un sitio del que no puede salir. Pero un cuerpo que nunca ha tenido fiebre y de pronto la tiene está diciendo algo, aunque todavía no sepa nombrarlo.
Hay una señal en el perímetro. Puede ser un hombre vivo, puede ser el eco de un hombre, y no hay manera de distinguirlos mirando.
Solo hay una forma de averiguarlo: tocar al paciente.
Lo que se decide en esa sala no se va a poder discutir después.